Somos instante🍂
Era un miércoles cualquiera en el pequeño pueblo de Valle de Gladiolas. El sol se alzaba lentamente, bañando todo con su luz dorada y despertando la vida en cada rincón. Los pájaros comenzaron a cantar, y una brisa suave acariciaba las hojas de los árboles. Sin embargo, aquel día parecía distinto; había un silencio profundo en el aire, como si el mundo estuviera conteniendo la respiración.
En una casa al final de la calle, Gladys, una anciana de noventa años, se sentó junto a la ventana. Observaba a los niños jugar en el parque frente a su hogar, riendo y corriendo tras una pelota. En sus ojos se reflejaba una mezcla de nostalgia y serenidad, recordando los días de su propia infancia, esos momentos efímeros que se desvanecen como el rocío al amanecer.
Al mismo tiempo, en el parque, un pequeño perro llamado Cosmo exploraba cada rincón, olfateando flores y persiguiendo mariposas. Cada movimiento era una explosión de alegría, un recordatorio de la simpleza de la vida. Para Cosmo, ese miércoles era eterno, lleno de nuevas aventuras, aunque en realidad, su tiempo era limitado.
Mientras tanto, un anciano sentado en un banco observaba todo con tranquilidad. Había sido el parque de su infancia, lo había visto crecer y cambiar a lo largo de las décadas. Recordaba cada risita de los niños que ya eran hombres y mujeres, cada árbol que plantó junto a sus amigos. Con una sonrisa melancólica, pensó en cómo cada ser vivo, cada rayo de sol y cada sombra eran solo instantes en la vasta extensión del tiempo.
El día avanzaba, y Gladys decidió salir a dar un paseo por el parque. Con cada paso, sentía la suavidad de la hierba bajo sus pies y la calidez del sol en su rostro. Conoció a Cosmo, que se acercó a ella con curiosidad. La anciana se agachó y acarició su pelaje, sintiendo la conexión entre los seres vivos, un instante que parecía hacerle olvidar el desgaste del tiempo.
Mientras tanto, los niños seguían jugando, ajenos a la reflexión de Gladys. El ciclo continuaba; algunos volaban en sus bicicletas, otros se caían y volvían a levantarse. La vida sigilosamente les enseñaba que cada momento importaba, que cada risa y cada lágrima eran preciosas, aunque efímeras.
Al caer la tarde, el cielo se pintó de tonos anaranjados y violetas. Gladys regresó a su hogar, llevando consigo un trozo de ese miércoles, un recordatorio de que aunque los seres vivos son solo instantes en la inmensidad del tiempo, cada instante está lleno de significado. Cada rayo de sol que da vida, cada sonrisa que compartimos, cada conexión que hacemos, es un pequeño pero valioso legado en el vasto libro de la existencia.
Y así, ese día de miércoles se convirtió en un poema de vida, donde la fugacidad del tiempo realmente hacía que todo fuera aún más hermoso.
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