El Faro Silencioso De Gladiolas


Por mucho tiempo, la soledad fue como una sombra detrás de mí, silenciosa y fría. Yo intentaba correr, llenar cada espacio de mi día para no verla.

No era una invitada, sino una presencia inevitable. Una verdad que dolía como un eco en un cuarto vacío, justo en el centro de mi pecho.
Un atardecer, cuando la luz se puso color lavanda, me cansé de huir. Me detuve en el umbral de mi cuarto, respiré profundo y, por primera vez, le ofrecí un asiento.

Al principio fue incómodo. Ella se sentó allí, quieta, y no dijo nada. Yo tampoco. Solo existimos, al mismo tiempo, en el mismo lugar.
Poco a poco, me di cuenta de algo sorprendente: cuando la soledad no me perseguía, sino que me acompañaba, el silencio no era un vacío, sino un lienzo.
Era el espacio necesario para escuchar el sonido de mi propia voz, esa voz pequeña y sabia que la prisa y el ruido siempre ahogaban.

No me hizo falta disfrazarla de otra cosa. No se convirtió en "inspiración" ni en "tiempo a solas"; siguió siendo soledad, con su melancolía a cuestas.
Pero ahora era mi compañera de viaje. Y aunque a veces es un abrazo un poco frío, me recuerda que mi hogar está dentro de mí, inamovible.

De esa quietud nació una promesa. No la promesa de que la tristeza se iría, sino la de que yo aprendería a bailar con ella.
Y así, convertí el "estar sola" en un faro. Sé que las mareas volverán a subir, pero ahora mi silencio tiene raíces firmes. La soledad y yo, navegando juntas hacia el mañana.

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